Artículo subido el día 04 de Enero del 2010
Es sabido que en la segunda década del Siglo XX, se llegó a bailar un tango argentino ante el Papa en Roma, para conseguir que levantara la pena de excomunión para quienes bailaran esa danza pecaminosa. Ahora hay que añadir esta historia que tiene, una vez más, a la ciudad argentina de Rosario en el comienzo del relato.
Allí tenía su consulta de ginecólogo el Doctor Nicolás Constantino, prestigioso médico y profesor en la ciudad santafesina. Siendo ésta su profesión, aquello que siempre quiso ser era tocar el bandoneón. Y lo consiguió, alcanzando un buen nivel, si consideramos que era un músico aficionado.
No sabemos si por una promesa o por darse un gran gusto, ya con sus años a cuesta, decide regalarle a Juan Pablo II su bandoneón. Para ello realizó todas las consultas y trámites pertinentes hasta lograr una audiencia papal.
Aquel día de 1980 (es posible que algún rosarino me precise la fecha), se presentó don Nicolás Constantino ante el Papa en el Vaticano con su instrumento y la emoción a cuesta.
Tras el lógico preámbulo de los saludos, el médico argentino desenfundó el fuelle y realizó el que sería su último tango con ese instrumento. Qué mejor que el himno de los rioplatenses, La Cumparsita. Recordaba luego la emoción que lo embargaba y la precisión con la que creyó haber realizado ese gran tango de Gerardo Matos Rodríguez.
Cuando termino el tema, muy aplaudido por Juan Pablo II y sus acompañantes, le entregó el bandoneón, tal como había prometido. Debemos pensar que ese instrumento sigue en el Vaticano junto a otros obsequios realizados al Papa polaco que ha marcado toda una época.
Una vez más el tango, siempre el tango presente en el mundo de una u otra manera.
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