Enrique Cadícamo

Cuando en 1880 Angel Cadícamo, de 25 años; su esposa: Hortensia Luzzi, de 21, y Antonio - el primogénito, de 4 - arribaron a Buenos Aires procedentes de San Demetrio Corone - Cosenza, Italia -, la Argentina estaba viviendo, en los comienzos de la llamada "etapa modernista", la transición presidencial entre Nicolás Avellaneda y Julio A. Roca, quien el 12 de octubre de ese año asumió el ejercicio de su primer mandato.
Tras habitar un tiempo en la ciudad, la familia Cadícamo - con su nuevo retoño: María Laura - decide emigrar al pueblo bonaerense de Gral. Rodríguez, en donde Angel se emplea como mayordomo de estancia. Allí, durante los cuatro años siguientes nacieron José María y dos criaturas más que fallecieron poco después del alumbramiento. Luego se mudaron al vecino pueblo de Luján, donde el jefe de familia esta vez monta una pequeña empresa encargada de delimitar con alambrado los terrenos de la zona. Permancieron cinco años en aquella localidad religiosa, en el transcurso de los cuales los Cadícamo trajeron al mundo tres niñas más: María Adela, Amalia Rosalía y Herminia Verónica.
La numerosa familia retorna al citado pueblo de General Martín Rodríguez; más precisamente, a la estancia de los Maireles donde don Angel vuelve a desempeñarse como mayordomo. Fue en esa hacienda donde a las 8 de la mañana del 15 de julio de 1900 (año final del siglo XIX), nació DOMINGO ENRIQUE CADÍCAMO, décimo y último hijo del trabajador matrimonio italiano, bautizado en la iglesia Nuestra Sra. del Carmen, patrona del pueblo.
Aproximadamente en 1905 regresan a Luján y se asientan en una casona que compran en la zona céntrica.
El pequeño Domingo aprendió a leer con sus hermanas María Adela y Herminia Verónica; ventaja que le significó entrar directamente al segundo grado del colegio de los Hermanos Maristas
En 1910, cuando la patria cumplía su primer siglo, la familia Cadícamo se mudó al barrio de Flores, entre los grandiosos festejos encabezados por el presidente José Figueroa Alcorta y la Infanta española Isabel de Borbón.
Domingo (por entonces, lógicamente, era llamado por su primer nombre) completó sus estudios primarios en las escuelas Saturnino Segurola y General Urquiza - ambas de Flores -. Luego cursó el nivel medio en el Colegio Nacional Mariano Moreno.
En 1919 comenzó a desempeñarse como escribiente en el Archivo del Consejo Nacional de Educación. Allí entabló amistad con Leopoldo Lugones, Héctor Pedro Blomberg y Enrique Banchs, entre otros consagrados hombres de letras. Quien trabajaba en un escritorio vecino al suyo era Pablo Suero, un dramaturgo y crítico teatral cuyo nombre, más allá de su obra, ganó repercusión tanguera por haber sido el primero en incentivar al protagonista de esta reseña para que continuara en la senda de la poesía popular, luego de que éste le diera a leer alrededor de 1920 una letra intitulada Pompas, la misma que cuatro años después se convirtió en su famoso tango inicial, con música adaptada por el pianista Roberto Emilio Goyeneche y que fue estrenado por Carlos Gardel, quien lo plasmó en dos versiones discográficas: una registrada en Barcelona, el 27 de diciembre de 1925, y la otra en Buenos Aires, el 23 de septiembre de 1927. En menos de ocho años, "El Zorzal" llegó a grabarle a Cadícamo un total de 23 temas.
Como dato curioso vale acotar que Goyeneche falleció poco antes de la primera grabación, el 22 de abril de 1925, motivo por el cual el poeta decidió cambiar el título de Pompas (indeseable coincidencia relacionada con las pompas fúnebres), por el de Pompas de jabón.
En 1936 llegó a Río de Janeiro acompañado por "El Oriental" José Razzano y Charlo, quien tenía programadas una serie de presentaciones en el Casino de Urca y Radio Tupí, en las cuales, entre tango y tango, el poeta recitaría sus glosas. En ese viaje nació Ave de paso (de Cadícamo y Charlo).
Con su inseparable amigo y colaborador Juan Carlos Cobián, en noviembre del 37 emprende un viaje hacia Nueva York. Allí permanecieron durante más de un año, haciendo historia en los más extraordinarios registros de la bohemia norteamericana.
A su regreso, ante la insistencia de sus colegas, formó parte del directorio de SADAIC durante períodos presididos respectivamente por Canaro y Lomuto, entre los años 40 y 45.
Cadícamo vivió sus últimos años con una salud de hierro que le permitió desempeñar una actividad intelectual lúcida y dinámica, mediante la cual continuó impulsando proyectos hacia el futuro, a la vez que rememoraba los ayeres lejanos, haciéndolos trascender desde la enorme importancia de sus fieles testimonios. "No es cierto eso de que todo tiempo pasado fue mejor. Hoy la ciudad, la vida, son mejores que antes", dijo una vez, tratando de hacernos conformar con el cautiverio al que nos somete la inquieta modernidad. Sin embargo, él sabía, como nosotros presentimos, que aquella belle époque jamás podrá ser ni siquiera imitada artificialmente por los avances o retrocesos de la ciencia tecnológica.
El 19 de octubre de 1999 a raíz de una descompensación renal tuvo que ser internado en la clínica Bazterrica por un par de días, lo que le impidió asistir al homenaje que esa misma noche se le realizó en el Teatro Cervantes. En sus previos 99 años sólo había sido hospitalizado en dos ocasiones (1908 y 1950) por el mismo motivo - operación de hernia -. El 25 de octubre volvió a ser internado, esta vez en la Fundación Favaloro, donde permaneció hasta el 14 de noviembre, retornando doce días más tarde. Allí se ocupó de sus quehaceres artísticos, como por ejemplo, el disco Cadícamo 2000, en donde reunió algunos de sus tangos inéditos. Su última publicación fue el prólogo del finísimo libro de fotografías Tango, de Aldo Sessa.
A las 10 y 30 de la mañana del 3 de diciembre, su corazón, que llegó a latir en 100 años diferentes, se detuvo tras 36.300 días de marcha. Lo que no pudo ni podrá detenerse es su legado creativo.
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